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Torres Quevedo y el Ajedrecista: 100 años desde el debut del primer juego de ordenador de la historia

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Su algún día las máquinas consiguen adquirir la capacidad de libre albedrío, tal vez lo primero que deban hacer es comenzar a reclamar sus derechos laborales. No en vano, la humanidad lleva recurriendo a ellas desde hace décadas para completar sin esfuerzo complejos cálculos matemáticos. Los ingleses Charles Babbage y Alan Turing son ampliamente reconocidos como los padres de la informática moderna, pero a medio camino entre la paleoinformática de Babbage y la creación de la famosa máquina de Turing hubo otros matemáticos que desarrollaron artefactos de cálculo menos conocidos hoy en día, y que sin embargo asombraron a sus coetáneos con aparatos que se atrevían a aventurar lo que más tarde conoceríamos como inteligencia artificial. Uno de ellos fue el español Leonardo Torres Quevedo, que a comienzos del siglo XX sorprendió a todo el mundo con el Ajedrecista, una máquina de ajedrez capaz de defenderse contra jugadores humanos, detectar trampas y mover las propias piezas sobre el tablero, proclamando sonoramente su victoria cuando se imponía ante sus adversarios de carne y hueso.

Nacido en 1852 en la localidad de Santa Cruz de Iguña, Cantabria, Torres Quevedo siguió los pasos de su progenitor al finalizar con 24 años sus estudios como ingeniero de caminos, aunque su pasión por las máquinas de cálculo no despertaría hasta más tarde. Torres Quevedo, curiosamente, no exploró este campo en profundidad hasta que recibió una gran herencia familiar, gracias a la cual pudo ampliar sus horizontes con cierta independencia económica, optando afortunadamente por satisfacer su curiosidad científica en lugar de darse a una vida bohemia y disoluta.



Durante la última década del siglo XIX Torres Quevedo fabricó varias máquinas que podían resolver ecuaciones algebraicas, una de las cuales fue mostrada ante la Asociación Francesa para el Avance de la Ciencia en 1895. En 1902 presentó un diseño de dirigible semirrígido que posteriormente sería utilizado por británicos y franceses durante la Primera Guerra Mundial, aunque probablemente su invención más celebrada fue el Telekino, un pionero aparato de control mecánico manejado mediante ondas de radio, que incluso llegó a ser planteado como sistema de control para torpedos. Sus avanzadas ideas sobre el uso de dispositivos de control remoto situaron a Torres Quevedo en compañía de figuras como Nikola Tesla y le ayudaron a conseguir la dirección del Laboratorio de Mecánica Aplicada.

Sus investigaciones sobre radiocontrol dejarían paso a la creación de máquinas "pensantes". En 1912 creó El Ajedrecista, una máquina capaz de realizar cálculos matemáticos complejos y ponerlos en uso sobre un tablero de ajedrez. Presentado oficialmente en la feria de París de 1914, este aparato se enfrentó a un contrincante humano en una final de torre y rey contra rey, usando un tablero vertical en el que el jugador debía colocar su rey en un número concreto de casillas como si fuera una clavija en el panel de una antigua teleoperadora, mientras que la máquina comenzaba siempre en la misma posición. La programación del Ajedrecista permitía localizar al rey del adversario y seguía un sistema de reglas convencionales para mover sus piezas.

No solo El Ajedrecista resolvía cuál iba a ser su próximo movimiento al final de cada turno, sino que con sus brazos mecánicos podía colocar las piezas, y si su rival tenía el arrojo de hacer trampas, encendía una bombilla en señal de advertencia y paralizaba el juego hasta que se realizara un movimiento aceptable. De registrarse tres intentos para engañar a la máquina, El Ajedrecista dejaba de funcionar; la única forma de sacarlo de su enfado era reiniciando la partida, que con suerte transcurriría sin nuevos intentos para engañar a su limitada pero férrea inteligencia artificial. El Ajedrecista era, en esencia, el primer juego de ordenador de la historia, todo un videojuego antes de la llegada del vídeo.





Más tarde, ya en 1920, Torres Quevedo construyó una segunda versión de su Ajedrecista. La máquina conservaba básicamente la programación vista en su predecesora, pero introducía importantes mejoras técnicas a nivel de diseño y control. Las más visibles eran su nuevo tablero horizontal y un diseño panelado que escondía sus mecanismos, así como un nuevo sistema de control basado en electroimanes. El tablero era ahora una superficie plana bajo la cual había varias placas metálicas que detectaban la presencia de las piezas y podían desplazarlas sin que el jugador apreciara actividad mecánica alguna. Igualmente sensacional era el detalle de que su renovado Ajedrecista había ganado la facultad del habla. Cuando la máquina acorralaba al rey del adversario humano, un pequeño fonógrafo hacía público lo inevitable con un entusiasta "jaque al rey", seguido por un "mate" que llegaba indefectiblemente gracias a la programación y los conocimientos mecánicas de Torres Quevedo.





Además de dar pie sin saberlo a la industria de los juegos por computadora, Torres Quevedo publicó en 1914 Ensayos sobre Automática, un documento en el que exploraba los avances del matemático inglés Charles Babbage y postulaba sus propias ideas para crear un "autómata universal", capaz de ser programado para resolver complejas labores llevadas a cabo por los seres humanos basándose en información condicional articulada en torno a supuestos marcados por "sí" y "entonces". Una noción que resultará algo más que vagamente familiar para cualquier programador. Sus ideas fueron tan avanzadas que en 1951 su hijo Gonzalo exhibió la segunda versión del Ajedrecista (en cuyo desarrollo colaboró) en el Congreso Cibernético de París, e incluso llegó a realizar una demostración para Norbert Wiener, fundador de la cibernética y uno de los investigadores cuya labor terminaría transformándose en lo que ahora llamamos inteligencia artificial.

Hoy en día los Ajedrecistas de Leonardo forman parte de la colección del Museo Torres Quevedo de la UPM, donde se exponen algunas de las grandes innovaciones del brillante ingeniero cántabro, si bien su creación más popular se encuentra muy lejos de España; es el transbordador Spanish Aviocar, que desde 1916 hace las delicias de los turistas que cruzan las cataratas del Niágara.

[Fotos: La Nature magazine, 1914 (Ajedrecista 1); Josu/Torresquevedo.org (exhibición Ajedrecista 2); UPM (Ajedrecista 2 a color)]
[Artículo en inglés; Jon Turi]

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