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Freemium: ¿Eres realmente un vago? Descifrando las claves de la procrastinación

Esta característica humana esconde algunos tesoros.
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Con el agua al cuello y casi sin tiempo, vamos atendiendo todos los "marrones" la jornada. No hay descanso. Una llamada, un email, una visita... sin embargo, en la agenda de cada uno, seguro que hay una tarea que se nos resiste. Una que lleva ahí semanas sin ser atendida y que, salvo catástrofes, permanecerá desatendida varias semanas más. ¿Puede ser que se trate de algo no importante? No necesariamente, pero seguro que no nos equivocamos si calificamos a esa maldita tarea de "no urgente".

El día a día de millones de personas pasa mientras esas tareas se van acumulando y cuando por fin nos disponemos a atenderlas, siempre surge algún imprevisto que nos hace volver a darles la espalda; este imprevisto puede ser involuntario, pero muchas veces somos nosotros quienes nos saboteamos. Estamos ante uno de los fenómenos más misteriosos y apasionantes de la productividad: la procrastinación.

El misterioso "auto sabotaje"

La descripción no es científica ni académica, pero para que todos nos entendamos, consiste en retrasar una y otra vez aquellas tareas que nos resultan antipáticas por uno u otro motivo. Cada uno tiene la suya y puede demorarse en la agenda durante mucho más tiempo del conveniente, y es aquí cuando el fenómeno se convierte en un problema. Nos sentamos frente al ordenador para, por fin, hacer frente a este agónico proyecto cuando de pronto, nuestra memoria se vuelve más lúcida que nunca y recordamos un montón de cosas triviales que teníamos pendientes (llamar a tal, hacer la compra online, enviar un correo)... y la tarea vuelve a su esquina.

Aunque no seamos conscientes de ello, nos estamos saboteando a nosotros mismos y, en el fondo, hay buenas razones para ello. El psicólogo Tim Pychyl ha estudiado a fondo este fenómeno y resume las causas de nuestra inesperada "pereza", que nos inunda cuando tenemos que enfrentarnos a tareas del siguiente tipo:

- nos resultan aburridas

- son, a priori, difíciles de realizar

- no ofrecen ninguna recompensa de ningún tipo

- no entendemos muy bien su objetivo ni para qué se hacen

- su desempeño resulta frustrante

En definitiva, son tareas muy desagradables y nuestra naturaleza actúa en consecuencia. Imagina que alguien te obliga a comer carne en mal estado ¿cómo reacciona tu cuerpo? Seguramente con evidentes signos de rechazo, como arcadas o nauseas. Pues bien, sin llegar a ese extremo, nuestro cerebro identifica esas tareas como algo negativo y desencadena toda una serie de estrategias para mantenernos alejados de ellas.

¿No puedes con ella? trocéala...

Buena parte de nuestras resistencias hacia la procrastinación viene dada por las dimensiones percibidas de la tarea. Imagina que nos vemos obligados a preparar un largo y pesado informe de una visita a un cliente: son horas de trabajo que incluyen hojas de cálculo y mucho texto. No hay manera de hincarle el diente sin sepultarnos durante horas en el despacho... ¿o tal vez sí? Los expertos sugieren que hagamos lo mismo que cuando vamos a comernos un buen chuletón: trocearlo.

Así, si nos enfrentamos a tareas de mucha carga de trabajo, un buen truco puede consistir en trabajar en tramos de veinte minutos resulta mucho llevadero, y de esta manera superamos el obstáculo psicológico de intentar terminar una tarea que nos parece inabordable. Otro truco que nos proponen, además del despiece, consiste en medir nuestras resistencias: ¿veinte minutos parecen demasiado? ¿y quince? ¿qué tal bajar a diez? En algún momento nos veremos obligados a aceptar el reto y se debe empezar por ahí.

La procrastinación es... ¿productiva?

Este fenómeno ha sido siempre contemplado como un cáncer para la productividad, pero... ¿realmente lo es? Una corriente de teóricos sostiene que no, que se trata de un mecanismo humano motivado por causas loables y que detrás de ellas hay muchas buena vibraciones. A fin de cuentas, hacer lo que nos gusta nos da más placer y esto no puede ser malo. Se trata de una teoría que defiende la tesis de la 'procrastinación productiva' (el término es de cuño propio, para entendernos): si estamos de mejor humor y no nos agobiamos tanto, seguro que seremos mucho más productivos.

Otros teóricos sostienen que la procrastinación nos lleva a otra ley de la productividad: Parkinson. Esta ley sostiene algo que te resultará muy familiar: "el trabajo se expande hasta llenar el tiempo disponible para que se termine". Dicho de otra manera, cuanto menos tiempo tengamos para hacer algo, más rápida y eficientemente lo haremos. Un buen ejemplo de esta ley son los exámenes: la víspera se dispara la atención y nuestra capacidad de estudio. Pues bien, la procrastinación elimina, a fuerza de retrasar, el tiempo innecesario hasta el vencimiento.

Pero siempre habrá tareas o cuestiones que se retrasen sine die, y que si no tienen fecha de vencimiento, corren el riesgo de eternizarse. Suelen ser tareas de carácter personal cuya recompensa no es inmediata; por ejemplo, pasar tus documentos de Dropbox a OneDrive (si ya eres suscriptor), o simplemente cambiar las bombillas de la casa por nuevas LED... Para estas tareas lo mejor es dedicar un día concreto y luego ponerse uno una recompensa: "si lo consigo hacer, nos vamos a comer por ahí". Simple, pero funciona.

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